KIOSKO


No hay nada más placentero que cuando el sol de Madrid te da una tregua en el mes de Julio. El paseo a las siete de la tarde por Madrid Río me supo a gloria. Hacía muchos días que no nos agarrábamos las manos por la calle. No sudaban. Qué placer…

El cielo medio nublado del atardecer teñía de naranja el parque. Niños y perros corrían de un lado a otro sin agotarse. Cuatro abuelitas jugaban a la brisca en uno de los merenderos que dan al paseo de Yeserías mientras la filipina que cuidaba de una de ellas estaba embelesada mirando el móvil. El sol y sombra de los bancos no quemaba. Ciclistas y corredores nos pasaban a todas las velocidades.

No soy de las personas que tiene mucha sensibilidad con las energías y las vibraciones pero intuía la felicidad de las personas y animales y eso me hizo sentir bien.

Con las piernas un poco cansadas del largo paseo decidimos disfrutar del parque sentados. No teníamos prisa, queríamos ver ponerse el sol y sentir la humedad del césped.

Nos acercamos a un kiosco de helados que desprendía una música instrumental española de los años 50 o 60, parecía sacada de una película de Marisol. Cuando llegamos al kiosco nos dimos cuenta de que el señor que lo atendía también parecía sacado de una película de Marisol. Rondaría los setenta años. Llevaba una impoluta camisa blanca de manga corta, planchada y almidonada con una perfección abrumadora. Ya no se plancha así. Pantalones grises bien subidos y sujetos por un cinturón de cuero marrón. Unas grandes gafas de pasta y culo de vaso escondían unos ojos imperceptibles. Todos los productos que vendían estaban meticulosamente ordenados. Ganas me dieron de pedirle una Mirinda pero me decanté por el Aquarius, mucho más millenial. El kiosquero nos atendió con una educación y una profesionalidad digna de estrella Michelin. Me dio tanta ternura que quise comprarle el kiosco entero.

En cuestión de segundos me hizo viajar en el tiempo a los kioscos de golosinas (en los 80 se llamaban así, lo de chuches vino muchos años después) del Prado de mi pueblo, donde mi abuelo nos compraba una bolsa de gusanitos para los cuatro nietos hasta que le insistíamos y conseguíamos pulseras de caramelo.

Recuerdo una pareja de señores mayores que cada mañana colocaban las bolsas de Triskis y demás delicatesen con pinzas de tender la ropa por la parte superior del kiosco, para que los niños lo viéramos bien. Eran auténticos cracks del marketing aquellos dos abuelos sin ni siquiera saber que existía tal palabra.

Posiblemente el kiosquero de Madrid Río tampoco domine el término marketing pero estoy segura que por lo menos algo le suena. Nos dimos cuenta de que la música provenía de un transistor con bastante solera que tenía colgado del techo. Mi novio y yo no nos dijimos nada sobre la música, el kioskero y los recuerdos pero los dos queríamos alargar aquella situación de plenitud.

“¿Qué emisora tiene puesta? Me gusta mucho la música que están poniendo” Le preguntó mi novio. El kiosquero se acercó al transistor lo bajó y se lo acercó al pecho, intuíamos que para mirar el dial.

“La verdad es que no lo sé. Esta radio me la ha dejado un señor que viene mucho por aquí y dejó puesto este dial y no lo he tocado desde entonces…” Le sonreímos y continuó. “Ahora está en el hospital…” “Vaya…” “Le han operado de un tumor en sus partes, del tamaño de una pelota de tenis, era tan grande que parecía un tercer testículo…” “…” “Le dijeron que si no se lo quitaban era posible que siguiera creciendo y podría desgarrarle el escroto y eso ya si que sería un problema muy serio” “Qué… qué faena” “Ahora por lo visto lo tienen que analizar pero vamos, para mí que es cancerígeno” “¿Qué le debemos?” “Tres cincuenta. No sé si le van a tener que dar quimio. Yo creo que sí porque eso tiene muy mala pinta” “Aquí tiene. Gracias” “Lo peor es el dolor. Va a tener unos dolores de morirse, vamos que más le hubiera valido quedarse en la operación al pobre. Total para lo que pinta ya en este mundo que tiene tres hijos y ninguno le viene a ver. Sólo para pedirle dinero.” “Hasta luego, que se mejore su amigo” “No creo, va a ir a peor seguro. Además su hijo pequeño le ha estafado y ahora le van a quitar la casa. Más vale que se muera pronto, total para vivir después en la calle o, con suerte en un albergue” “Esperemos que no. Que tenga buena tarde” “Sí, sí, ya les digo yo que ese hombre se muere como un perro en la calle”.

Nos fuimos a casa.

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